La pirámide
Igual y es un sueño febril, ¿pero entiende usted por qué las pirámides de Guiza perduran desde la antigüedad más remota hasta nuestros días? Yo sé que no tienen la gloria que tuvieron en el tiempo de los faraones y que existen otros monumentos igual de conservados con quizá más años de decadencia. ¿Pero podemos ser dadivosos con ellas y consentirlas a fin de que se entienda esta parábola?
En el pasado hubo siete monumentos considerados como los más bellos del mundo, la Siete Maravillas. Todas y cada una fueron logros que quizá no sería difícil replicar hoy en día, pero que en su momento fueron proezas incomparables para las culturas que las erigieron; el Faro de Alejandría, el Mausoleo de Halicarnaso, la Estatua de Zeus, el Coloso de Rodas, los Jardines Colgantes de Babilonia, el Templo de Artemisa y nuestras amadas Pirámides. ¿Sabe cuál de esos siete símbolos sobrevive a la fecha? Pensemos; ¿La esperanza? ¿El rayo? ¿El Sol? ¿El amor, acaso? ¿La natura? ¿O quizás el poder? ¿O la muerte de este? El mausoleo cayó, pero no las pirámides, y cayó por designio de los dioses, no de los hombres. En cambio, las pirámides, la tumba de los hijos de aquellos, aún perviven. Es la muerte un símbolo imperecedero.
Y así como la esperanza y el poder mueren, así caen las iglesias y palacios. Todo monumento lleva consigo un símbolo; toda nación se alza sobre una serie de estos como cimiento de su identidad, de su idiosincrasia, de su grandeza. Y cuando estos dejan de representar aquello que en su día perjuraron, mueren con su símbolo; arden, se astillan, resquebrajan. Y es obligación del sabio observar en silencio el designio de los tiempos; callar y guardar el recuerdo de lo sucedido para las generaciones porvenir, no para que aprendan sino como advertencia de lo frágil que pueden ser… sus símbolos.
¿Protegerlos? ¿Preservarlos? Mientras aún representen algo. La civilidad, o lo que creemos que lo es, es una ilusión no más vieja que la guillotina. Cuando esa ilusión se desvanezca; cuando Ley y Dios flaqueen no quedará más que la verdad desnuda, la verdad de que los hombres no son más que simios amaestrados para andar a dos patas y que, como tales, cometerán toda clase de atrocidades a fin de saciar sus más bajos instintos. Pero aún con todo esto, una cosa seguirá viendo el paso de los siglos hasta que este mundo azul sea consumido por fuego solar; la muerte.

Comentarios
Publicar un comentario